FILOSOFIA
“ES MIRARSE A SÍ MISMO, ES VERSE DESDE LA INVESTIDURA QUE PROPONE LO INVISIBLE”
Crearse en la mirada
FABRICIO SIMEONI, El Fisgón Digital

El espejo puede verse desde el niño, las cosas que nos permiten vernos y más allá de ser vistas, pueden verse
20/07/2010 -
La incipiente figura que parece incorporarse a la vida de cualquier espejo, resulta contrapuesta a la creación del yo en la estructura psíquica de cualquier niño que supera los seis meses de vida. Si bien también el cristal esconde un vitalismo interno todas las cosas que se transfiguran o revelan a partir del reflejo incorporado en él, intervienen como agentes externos. Es mirarse a sí mismo, es verse desde la investidura que propone lo invisible. Como un acto perecedero que en definitiva nos identifica desde lo más accidental. El espejo puede verse desde el niño, las cosas que nos permiten vernos y más allá de ser vistas, pueden verse.
Lacan incorpora desde la fisonomía narcisista la noción del descubrimiento a partir de la imagen de todo niño y su psicología, el estadio del espejo frecuenta el desalojo de un mundo intrauterino plagado de vicisitudes desvinculadas de la idea del otro y origina la posibilidad de comenzar a crear identidad a partir del orden que la integridad individual propicia, en este caso bajo la exposición que representa el mostrarse para ser visto.
Si el espejo nos muestra es porque se siente visto, la figura coherente de unidad o de totalidad en lo corpóreo resulta en primera instancia satisfactoria desde el desprendimiento que empíricamente provocaba el efecto de poder apreciar sólo parcialidades, partes precisas del cuerpo. El espejo ve en nosotros y configura la imagen del molde humano desde la alegría, la sonrisa y la sorpresa. Ésa irrupción del estadio desarrolla el primer cambio existencial anímico cuando deviene la angustia y la soledad que por encima de tener atisbos conscientes erige al sujeto como apto para determinarse, erige al espejo como la consecuencia que sin determinismos condiciona la causa del nacimiento. Es en este sentido Donde para Lacan es indispensable la aparición del semejante, la concepción del otro en la vida de uno. El efecto provocado por la mirada del otro que en esta instancia no parece ser otro espejo ni otro estadio, simplemente lo que el equilibrio emocional admite ser supedita pura y exclusivamente a la figura materna.
El dilema de considerar a todo yo como un otro no parece tradicional ninguna búsqueda filosófica desprendida de la psicológica ni en la esfera del más exacerbado existencialismo ni en la complicidad que tienen determinadas características sustitutivas del individualismo. Se establece entonces en todo devenir óptico que frente al cristal subyace, una estabilidad emotiva que no dirime entre un frenesí ilimitado o un vacío perdurable. Ni la alegría ni la angustia consiguen perdurar en el niño de por vida ni en el imaginario colectivo de cualquier optimista o pesimista que construya o destruya respectivamente su propia vida a partir de la de los demás o viceversa. En esta confluencia surge el placer inmensamente elaborado por la postura que la madre adquiere en este vínculo espejo espejo, niño niño, espejo niño, niño espejo.
Si podemos mirarnos a nosotros mismos a través del espejo, éste puede hacerlo a través de nosotros pero inevitable es el rol ajeno y la caricia del tercero en disputa, la madre presencial que no ciega. El lazo con la humanidad de los espejos propios que están estipulados en los cristales de otros, los espejos que no palpamos. Las cosas que nos siguen viendo sin que nos demos cuenta. El miedo a la invisibilidad. Sentirse espejo, sentirse otro.
En el recreo sustantivo de toda condición podemos escindir los añicos de lo accesorio como escindiendo nuestra mirada concebida desde lo increado, para crear.