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"La verdad triunfa por si misma; la mentira necesita siempre complicidad."
Epicteto, de Frigia
Rosario, Santa Fe, 24 de mayo de 2013
LA BUENA LECTURA
“EL MARIDO LLEGÓ TARDE, DESPUÉS DE LAS DOCE, LA ENCONTRÓ EN LA CAMA, CON UNA SONRISA QUE YA HABÍA OLVIDADO”

La señora que tiene miedo

TONA TALETI, FABRICIO SIMEONI y FEDERICO TINIVELLA, El Fisgón Digital
Mujer dormida, litografía de Pablo Picasso
18/06/2012 -

LUNES

La señora que tiene miedo se levantó a las seis de la mañana, desayunó, salió en bata a la calle con una tijerita para asombro y comentario del guardia de enfrente y de algún automovilista madrugador: ¡qué raro la señora, tan formal! hojeó el diario, se bañó, la cotidiana rutina, la señora que tiene miedo estuvo ocupada hasta el mediodía, era lo previsto en su trabajo, sirvió el almuerzo a la familia (sigue)


y se sentó a comer, las papas no habían terminado de cocinarse bien, para algunos será una cuestión menor, indigna de registro o comentario, para otros, no, después del postre cambió botinetas por zapatillas y ropa ciudadana por remera y jogging, se fue con su hija a caminar porque es día de sol como escribían los chicos en el colegio, se escuchan pájaros, se interponen rostros figurados, se escucha el glamour adolescente de un recreo, hay perfumes de flores, quiere llegar hasta el final de la calle para detenerse a mirar dos azaleas rosadas de un tamaño infrecuente, sabe que no puede demorarse, que toda pérdida en detrimento del tiempo la somete, la reduce, la pierde, pero la señora que tiene miedo atesora instantes, minutos, se cuela por intersticios, por fragmentos, se deslumbra ante la armonía, se siente envuelta por el aire, siempre está envuelta la señora, el calor comienza a convertirse en mochila, entra apurada en su casa, necesita orinar simplemente eso, ninguna descripción de chorro, chorrito, hilos, gotas finales o salpicaduras, el olor le recuerda los espárragos del mediodía y justifica la urgencia, la señora se baña otra vez y se cambia de ropa para recibir a sus alumnas de la tarde, porque la señora enseña oculta en su carcasa de profesora, en su inquieta palidez, qué otra cosa puede ser una señora miedosa como ésta sino una profesora atrincherada detrás de unos libracos, reordena la mesa donde esta mañana se dispersaron tacitas de café, vasos, cucharas, manchas de porcelana en unas jarras y papeles de caramelos, repara en el minúsculo florero destinatario del corte matutino de jazmines, en medio un pimpollo de rosa blanca, es la primera que ha dado el rosal, ése que alguien le regaló porque sabe que a la señora le gustan el blanco, las úlceras del ocio, las rosas, la señora escribe lo que escribe, tiene deseos de escribir el deseo siempre la señora termina su clase casi las seis de la tarde llegan los nietos porque la señora tiene nietos han salido de la escuela y como suele suceder los días lunes vienen a tomar su merienda con ella, a que les ayude con los deberes, a ensuciarse de jardín dormido el último cuento del día y a jugar al anochecer los acompaña hasta la casa apenas media cuadra la señora camina inclinada para ayudar a su nieta que insiste en volver en bici aunque no sabe pedalear bien, la señora tiene miedo de que los chicos sean imprudentes al cruzar la calle entonces decide sus ínfimas decisiones alzar con la mano derecha la bicicleta y con el brazo izquierdo extendido pretende agrupar y dirigir a los tres chicos vamos rápido que allá viene un auto no vayas por ahí que hay barro adelantate y tocá el timbre saluda besándolo a su hijo, conversan, la señora que tiene tantos miedos piensa que él se le parece en el modo de establecer lazos, en la sencillez, en la búsqueda constante de evadir la rutina y en el color de piel, la señora tan aseñorada pocos minutos después extiende el mantel y organiza la cena la sobremesa es breve la señora miedosa señora se lava con jabón la cara casi ni se observa en el espejo, no a esta ahora, sí por la mañana contempla los ojos que la miran busca la mirada la enciende sonriendo como si frente a ella la saludara, no el reflejo de sí misma sino alguien decidido a acompañarla sube las escaleras no necesitaría encender luces en la planta alta podría recorrerla a oscuras ahora sí la lámpara iluminando el escritorio entonces abre la novela ajena y continua la lectura, la mano ahuecada sobre los labios la señora desliza los dedos y alcanza los bordes tiene miedo de la hoja que responde a su demanda a medida que avanza percibe hasta qué extremos palpita cuando sostiene el lápiz nuevo lo apoya sobre el texto tiene miedo de las marcas, de marcar, pero se arriesga a abrazar algunos términos los encierra y desplaza cambia la posición se sumerge en los renglones con miedo con miedo con miedo la señora se pierde entre palabras con miedo se pierde se pierde.


MARTES
La señora que tiene miedo se midió un trajecito que usaba de joven cuando las sombras no se enchufaban a su cabeza que madruga, su cabeza que tiene frío, allá arriba, cuando piensa, la señora se midió el trajecito y con miedo se acercó al espejo, para verse otra vez, para mirarse de nuevo, se detuvo y descubrió que no estaba tan mal, no, para nada, que podía encontrarse de nuevo en el trajecito, la señora salió a la calle como aquella vez que fue la primera que uso ese traje que ahora llevaba bien puesto y se dio cuenta que no estaba tan mal y que la miraban, la miraban bien y fue entonces hasta el almacén y con una sonrisa entró que se la contagió a todos y que buen día de acá y que buen día de allá y un vino, sí, pidió un vino de más de cinco pesos, porque tampoco era cuestión, había que festejarlo, el trajecito y la sonrisa y la belleza de las flores del Jacaranda que ahora veía y compró flores también y cuánto hacía que no comía cornalitos, como aquella vez en el puerto, en Mardel, de niña, con las trencitas bien pegadas al cuerpo, después desatadas las trenzas del aire que por ahí la llevan, entró a la pescadería y hacía tanto, otra vez ese aroma, los peces siempre le parecieron bellos, pero ese aroma y déme medio kilo y entraron bastantes y cargó más cosas en la panadería, pancitos para untar antes de la cena y apuró el paso y entró bella y feliz a la cocina después de poner un disco de Elvis y abrió el vino, aunque eran las siete de la tarde, aunque estaba sola, decapitó los cornalitos, los hundió en harina con alegría, mientras tanto untó queso en unos panes y tomaba vino y bailaba y ya los cornalitos en el aceite hirviendo, en su boca, llevándola al puerto, a los barquitos de color. El marido llegó tarde, después de las doce, la encontró en la cama, con una sonrisa que ya había olvidado.
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